Los grandes ajedrecistas se convierten en mitos tras su fallecimiento, pero Bobby Fischer ya lo era desde hacía más de tres décadas, desde exactamente 1972, cuando decidió apartarse del mundanal ruido y recluirse en sí mismo. Por aquel entonces dominaba el mundo del ajedrez de manera hegemónica. Ayer murió físicamente como consecuencia de una enfermedad no precisada en su casa de Reikiavik (Islandia). Tenía 64 años, como 64 son las casillas que lo hicieron famoso, y sufría ataques paranoicos. Era un mito que sobrevivía en la absoluta indigencia.
"Soy un individuo detestable --declaraba Fischer--. Mis ideales son el ajedrez y ser rico. ¿Es pecado?" Quizá fuera detestable, pero también un genial revolucionario. El ajedrez le debe mucho: no solo desde el punto de vista teórico, pues aportó incontables mejoras en el mundo de las aperturas y los finales, sino que él fue el gran responsable de que el juego, recluido en aquella época en los países comunistas, se expandiera por los cinco continentes. Dicen que los actuales ajedrecistas profesionales se ganan la vida gracias a Fischer.
Es una lástima que sus excentricidades nublen la carrera del que fue, para muchos, el mejor jugador de todos los tiempos. Tuvo un breve reinado, pero nadie aplastaba a sus rivales como él lo hizo. La fama de Fischer trascendió el ajedrez en 1972: aquel año se proclamó campeón del mundo, el primer estadounidense que lo lograba, tras derrotar al soviético Boris Spassky en un encuentro disputado en plena guerra fría --sus biógrafos recuerdan que tenía línea telefónica directa con el presidente Nixon--. Fueron 21 memorables partidas, aunque debería decirse 20, puesto que Fischer no se presentó a la segunda por un capricho infantil tras perder incomprensiblemente la primera. Luego no aflojó hasta el definitivo resultado: 7-3 y 11 tablas.
PRECOCIDAD
Fischer fue un niño con una infancia difícil. Sus padres legales --la rumorología le endosa otro padre biológico-- se divorciaron cuando tenía dos años. Fue también un mal estudiante, aunque un prodigio en ajedrez que aprendió a jugar solito, leyendo un libro, y que a los 7 años ya competía en un club. Por aquella época dejó Chicago, su ciudad natal, y se fue a Nueva York.
POCAS TABLAS
Alos 14 años se proclamó campeón de EEUU, el más joven de la historia, y dos años después obtuvo el título de gran maestro, la máxima categoría posible, batiendo el récord mundial de precocidad. Sus progresos fueron notables. Ganó muchos torneos, pero la eclosión tardaría en llegar. Más incluso que el mundial del 72, su mayor éxito fueron los tres encuentros que le permitieron retar al campeón Spassky. En la élite, las tablas son el resultado más habitual, pero Fischer ganaba casi siempre: Taimanov (6-0), Larsen (6-0) y Petrosian (6,5-2,5).
Luego desapareció casi por completo. Se convirtió en un infeliz que pasó por Yugoslavia cuando estaba prohibido --violando el embargo internacional--, recaló momentáneamente en Japón y, huyendo de las autoridades de su país, acabó definitivamente en la plácida Islandia.
Fuente: www.elperiodico.com